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¡Rompe Ralph!

mayo 19, 2013

Las pasadas Navidades se estrenaba una cinta de animación que pretendía adentrarse en el mundo de los videojuegos, y más concretamente, en el de los salones recreativos. Con ciertas reminiscencias a Tron (muy leves), algo de la esencia de Toy Story y muchas dosis de aventura, todo ello bañado por un chocolate bastante dulzón en ocasiones, y algo empalagoso en otras tantas, dando como resultado final un cóctel bastante original al principio, pero que se torna un tanto vulgar al final.

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La película cuenta la historia de Ralph, el malote de un videojuego que aguanta 30 años en un salón recreativo a pesar de las nuevas experiencias y tecnologías. Él es el malo que destruye un edificio mientras Félix lo tiene que ir reparando. Pero llega un momento en que Ralph se cansa de ser el malo, y para demostrar que él también vale para hacer otras cosas, decide que la mejor manera es conseguir una medalla, como las que gana Félix en el juego.

El inicio de película es brillante. Lleno de referencias de todo tipo a ese mundo un tanto friki que, con el tiempo, se ha ido abriendo paso a empujones en un sector mucho más amplio del público. Abarcando todo tipo de edades (delicioso el guiño en el que un señor mayor entra en el salón recreativo y el encargado le da la bienvenida), “¡Rompe Ralph!” se define en su primera mitad de metraje como todo un homenaje a un tipo de ocio que, cada vez más, está más valorado como una alternativa completamente válida más allá del cine o la literatura. Y es que, seguramente, el mundo de los videojuegos y el del ocio electrónico se convertirá en el nuevo arte del Siglo XXI. Tiempo al tiempo.

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Es esta primera mitad de cinta la más divertida de todo el metraje. Tras la obligada presentación, el protagonista visita lugares y le ocurren un sinfín de cosas, y ansiosos estamos por que nos muestren más recovecos de ese mundo que cobra vida a través de los enchufes y los cables de corriente que inundan los salones recreativos. Con un planteamiento la mar de original (aunque, como hemos dicho, nos recuerde a Toy Story) Ralph pasa por la que podríamos denominar la zona común (una suerte de estación por la que han de pasar todos los personajes de videojuegos para llegar al suyo propio, o visitar el de amigos para charlar o tomar algo mientras los recreativos están cerrados) y el mundo de otros juegos, e incluso interactúando con la persona que está al otro lado de la pantalla manejando los controles, en una de las mejores escenas de la cinta.

Sin embargo, hay un detalle que me gustaría resaltar. En cierto momento, cuando Ralph se adentra en otro videojuego para conseguir su medalla, hay un homenaje tremendo a “Alien”. Quizás sea la mejor secuencia de la cinta. Y es curioso cómo, con este detalle, la película nos viene a decir que el mundo del cine y el de los videojuegos están condenados a entenderse. Lo más grande es que el homenaje está muy bien montado. Una cinta sobre videojuegos que homenajea una de las películas más emblemáticas de la historia del cine, dentro a su vez de la historia de un videojuego y que, dicho videojuego, homenajea a dicha película. Grandísimo.

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Pero a partir de la llegada de Ralph al mundo de golosinas de Sugar Rush es cuando la cinta se vuelve más convencional. La sutileza brilla por su ausencia, y los personajes carismáticos que hasta ahora nos habían presentado como brillantes secundarios (Félix se lleva la palma) tienen pocos minutos en pantalla. Y es una pena, porque si la cinta se hubiese centrado un poquito más en la amenaza global que Ralph desencadena y el viaje de búsqueda de Félix y la heroína de un juego de acción, seguramente estaríamos hablando de una joya (por no mencionar que el mundo escogido para desarrollar la trama no es del todo acertado. Hay mil y un variantes y posibilidades más atractivas que la que la película nos muestra en un universo tan rico como el de los videojuegos). Pero no. Una subtrama se termina comiendo todo el protagonismo y, como decimos, la convencionalidad y, quizás, el miedo a no llegar al máximo público posible, hacen que en su segunda mitad, “¡Rompe Ralph!” se vuelva totalmente predecible y se convierta en una película mil veces vista.

“¡Rompe Ralph!” no aburre en ningún momento, e incluso en esa parte tan convencional hay tramos realmente conseguidos, pero echando la vista atrás a su extraordinaria primera mitad, no podemos evitar sentir cierta desazón y decepción ante lo que podría haber sido y no es. Quizás en una secuela, si algún día se llegan a animar los creadores, podamos ver más detalles, situaciones y circunstancias de ese mundo tan apasionante en el que se pueden convertir los videojuegos. Mientras tanto, seguiremos encendiendo nuestras consolas y PCs para seguir dando vidilla al mundo de Ralph y compañía, y que sus luces e imágenes nos sigan haciendo soñar y consigan entretenernos como lo han venido haciendo desde hace ya 30 años. Y por muchos más.

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